Al llegar a la puerta, salteándonos la fila, empezamos a hablar con un hombre de Nueva York, y por casualidad descubrimos que tenía muy buenas conexiones con gente del club y nos podía ayudar a entrar. Llamé al Hotel Hilton de La Habana y les pregunté si valía la pena ir, o si me recomendaban posponer mi llegada unos días. Su respuesta fue clara: No venga a menos que sea absolutamente necesario. Luego tomamos un taxi hasta el cruce real de la frontera. En nuestro taxi iban también otro turista y un siniestro peruano, con un bolso lleno de CDs falsos. No parecía muy amistoso y estaba lleno de cicatrices. |