El hall de entrada, donde se verificaban los pasaportes, estaba renovado y tenía muchos avisos de productos de países occidentales. Cunado lo pasamos y buscamos nuestro equipaje, comenzamos a buscar una forma de llegar a la ciudad. Algunas de las personas me habían invitado a cenar con ellas, y yo acepté de buen grado. Pronto descubrí que iban a cenar en su propio apartamento y a cocinar ellos mismos. Me encontré pelando patatas crudas. Visitamos las ruinas incas en las montañas cerca de Pisac. Un taxi nos llevó hasta la cima y luego descendimos caminando todo el camino hasta Pisac (que, dicho sea de paso, no es tarea fácil en el segundo día a esta altura. |