Le dijimos al taxista el nombre de la calle a la que queríamos ir, y nos llevó hasta allí. Esta vez el lugar sí parecía un hotel de tres estrellas, y reservamos una noche. Me dispuse a pagar al conductor. Si podía llegar tan lejos en el Galaga, y deshacerme de naves enemigas, estaba seguro que podría hacerle frente al huracán Iván. Decidí ir a México luego de desayunar dos muffins secos del aeropuerto. Compramos un sándwich y estábamos buscando un taxi, pero las calles estaban tan llenas de gente que tuvimos que esperar cerca de una hora para poder encontrar uno vacío. Hasta tuvimos que caminar algunas cuadras para encontrar uno. |