Compramos unas sandalias que nos costaron dos dólares cada par. Luego visitamos los alrededores del mercado, donde muchos negocios vendían cuadros, esculturas y libros. Algunos de ellos eran muy hermosos. Llamé al Hotel Hilton de La Habana y les pregunté si valía la pena ir, o si me recomendaban posponer mi llegada unos días. Su respuesta fue clara: No venga a menos que sea absolutamente necesario. Caminamos por cada callejuela de Cuzco, impresionados por su belleza e ignorando el creciente malestar producido por la altura. Sin saberlo, nos esperaba la noche más horrible de nuestras vidas. |