Esa misma tarde dejamos la Patagonia y volamos a la capital de Argentina, Buenos Aires. Habíamos esperado mucho este momento, ya que hacía dos semanas que no estábamos en una ciudad, y nos encantan las ciudades. En el camino de regreso visité un club de playa privado. Sólo quería ver si podía entrar, y no hubo ningún problema. El lugar pertenecía a algún club que quedaba cerca de Cancún, en el continente. El mejor lugar para comer fue, en nuestra humilde opinión, el café Tamarin. La atmósfera era una de mochileros, pero con estilo. La gente estaba allí sentada con sus laptops y libros de guía de turismo. |